ZOPILOTES

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Paseando por la mañana entre nuevos caminos que trazan cuadrículas en la selva, pregonando nuevas colonias que se han de construir para albergar a una población que se triplicó en tan solo diez años según el último censo, divisé a lo lejos una parvada de zopilotes posada en un solitario árbol, el único sobreviviente en medio de un enorme lote que se ha “limpiado” recientemente.  (Maldita la aberración del lenguaje que implica virtud y bondad al salvaje acto de talar ciegamente todo lo que alcance la maquinaria asesina…pero ese es rollo para otra ocasión.)
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Acercándome por un sendero observé más zopilotes volar en círculos sobre mí, y pensé que en realidad no son tan feos.  Obviamente no los puede uno comparar con tucanes o flamencos, pero a su modo, para lo que hacen, no carecen del todo de cierta gracia. En vuelo por lo menos inspiran cierta envidia por la facilidad con que se mueven, y no pude evitar preguntarme como se verá el mundo desde allá arriba… Aunque su papel de carroñeros no es uno que nos inspire cariño o simpatía, si es uno muy necesario y por el cual debiéramos estarles muy agradecidos.  Si bien ningún niño sueña con ser recolector de basura, ¿que sería de nuestra civilización si no existiera esta profesión?

Incluso antiguamente, en diversas culturas ancestrales, a los buitres se les reconocía, y hasta veneraba, por representar el sacro enlace entre este mundo y el próximo.  Eran considerados mensajeros de los dioses; guardianes de la divina puerta de la muerte.  Recuerdo haber leído de alguna cultura- quizá en la India, quizá en Afríca- donde en vez de enterrar a sus muertos, los colocan sobre plataformas a varios metros sobre la tierra, para facilitar la labor de los buitres que se han de llevar el cuerpo.   Siempre me ha gustado esa imagen.  Dejar que la naturaleza se encargue de los suyo se me hace mucho más sensato que gastar fortunas en cajas y terrenos, en embalsamar o incinerar.

En todo esto venía yo pensando cuando repentinamente me asaltó un horrible olor que nada tenía de sagrado. “!Pinches zopilotes hediondos!” pensé.  Al traste fueron las nociones románticas de segundos antes, reemplazadas en un instante con maldiciones contra estas viles bestias malolientes y desagradables, apestosas e insoportables.

Y volviendo la vista a mi camino vi algo que me paro en seco.
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Cada 5 a 10 metros habiá bolsas de basura al lado del sendero. Todavía ni casas hay, y ya es un cochinero esto.
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Los montículos mas vistosos son de plástico que perdurará siglos.
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Los más asquerosos estaban completamente cubiertos de gusanos y larvas que por lo menos se encargarán de reciclar lo posible, volviendo la materia orgánica al ciclo de la vida.
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Esta era la fuente del mal olor.  Y parado atónito a medio camino lloré de repente no por el profundo ardor en la nariz, sino por la comprensión de que la “vil y apestosa bestia insoportable”, soy yo.

De regresos tuve que retractar mis maldiciones y pedir disculpas a los zopilotes, quienes indiferentes tomaron vuelo y desaparecieron, sin haber dañado, ni ofendido, a ser alguno.

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David Nuñez es biólogo, fotógrafo y autor de   varios libros sobre la fauna del Caribe Mexicano, así como miembro fundador de  Mexiconservación.

One response to “ZOPILOTES

  1. Pingback: ADIOS | mexiconservacion·

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