REGRESANDO A QUINTANA ROO

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Estoy por cumplir un mes de vuelta en las costas del Caribe Mexicano, y aún no he entrado a sus aguas. Ni las del mar, ni las de cenote alguno.  Es curioso como aquello que antes me urgía tanto, ha dejado de llamarme la atención.  Y es que hace 10 años me enamoré de Quintana Roo precisamente por sus aguas.  Porque bajo la superficie descubrí que pululaba una riqueza y variedad de fauna como nunca había imaginado.
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Bastaba una máscara de snorkel para descubrir miles de peces en decenas de variedades, todas coloridas o simpáticas a su modo. Cada una especial- desde las temibles pero inofensivas barracudas y morenas, hasta esas absurdas Damiselas tan ridículamente feroces y agresivas pero igualmente inofensivas por ser tan pequeñas.  Peces Loros, Cirujanos y Payasos abundaban y parecían existir con el único fin de maravillarnos.  Salía a nadar con tortugas y con rayas cada mañana antes de entrar a trabajar. Vivía un sueño.

Fue el cariño por estas criaturas lo que cambió el rumbo de mi vida. Mis padres me regalaron una cámara subacuática para que pudieran ver las maravillas de las cuales les hablaba, y comencé a documentarlo todo.

Pero pasaron los años y fue desapareciendo esta fauna. Las aguas cristalinas se volvieron turbias con algas.  Y hasta los Sargentos, aquellos pecesitos que parecían omnipresentes -como palomas del mar- comenzaron a escasear.  Los cardúmenes de cientos- o miles- se redujeron a unos cuantos.  Raro era el día cuando veía más de 20, y por lo general contaba menos de 10.

Por eso cuando abandoné la costa hace 11 meses, no me fue difícil.  Lo que alguna vez había amado, había muerto o se encontraba moribundo.  Y lo peor es que sigue siendo tan bello que quienes no lo conocieron antes, ni siquiera se dan cuenta que el arrecife está siendo sofocado.  Mientras las aguas sigan luciendo ese azul turquesa imposible, la tragedia bajo la superficie pasará desapercibida – por lo menos por la gran mayoría.

Creo que por eso no he entrado al agua.  Por la gran tristeza que me causo las últimas veces que lo intenté.  Cuando una actividad nos causa dolor en vez de placer, es fácil dejar de participar.  Hace un mes, poco antes de regresar a Quintana Roo, mis padres ofrecieron regalarme otra cámara subacuática.  La rechacé.  “Ya no hago eso”, les dije.
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En vez de ir a saludar al arrecife, esta vez he descubierto la selva.

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La selva no es tan fácil como lo fue el arrecife.  Caminando por senderos soy consciente de la fauna que me rodea, más no la veo.  Por mas que me concentro en escuchar los pasos, aleteos, o cantos, la muralla de vegetación me impide discernir que ser es el que me observa.  En vez de consentir mi piel con las caricias del agua, me hundo en un mar de mosquitos que atacan sin cesar a pesar de estar untado en repelente y envuelto en mangas largas.  En vez de salir del mar refrescado, salgo de la selva exhausto.

Y sin embargo, por estas mismas dificultades disfruto aún más cuando logro descubrir a un tesoro entre las ramas- los ojos de un ave que me observa en silencio, la efímera flor de una mariposa en reposo, el desafiante colorido un minúsculo hongo que brota entre la podredumbre del suelo.
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Si los habitantes de un arrecife sano ofrecen generosamente un desfile sin fin, los de la selva prefieren jugar a las escondidas.

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Francamente prefiero la sencillez de flotar entre aguas claras.  Sin embargo, abrirse camino entre espinas, telarañas y mosquitos también tiene lo suyo.

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Y el encuentro con una orquídea silvestre en flor me conmueve tanto como  estar cara a cara con una tortuga marina.

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El corazón brinca y el tiempo se detiene.

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El entorno desvanece y los sentidos se enfocan, convergiendo con el único fin de disfrutar un momento de comunión con este otro extraño y bello ser.

cuckoo

La emoción es la misma.

hawk

La diferencia está en el proceso.   Hay cosas que se disfrutan por la facilidad y abundancia en que se nos ofrecen: el aire que respiramos, la luna llena. Y otras las valoramos por razones contrarias: un diploma, una pareja.  Ambas son importantes. Ambas nos sustentan, ambas nos transforman.
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Hace unos años, cuando vino a visitarme mi padre en esta  costa, me extraño que tardara varios días antes de entrar al mar y solo lo hizo brevemente. Y sin embargo me consta que disfrutó de ese viaje, y lo recuerda con cariño.  Me doy cuenta ahora que lo que disfrutó el fue algo mucho más profundo que lo que yo intenté mostrarle.

Hace 10 años que llegué por primera vez a estas tierras. Y sigo descubriendo maravillas nuevas cada día.

David Nuñez es biólogo, fotógrafo y autor de un par de libros sobre la fauna del Caribe Mexicano, así como miembro fundador de Mexiconservación.

2 responses to “REGRESANDO A QUINTANA ROO

  1. Me agrada mucho tu capacidad para narrar la belleza natural, acuática o terrestre. Soy más afín a la segunda y siento tu pesar por la primera. Como se aprende a observar tantos detalles como tu los ves? No creo que sólo sea cuestión de cámara sino de una gran sensibilidad para detenerte ante lo bello ante cualquier circunstancia. Saludos

    • Caray Mercedes, muchas gracias. No se que decirte… ¿Será la práctica nada más? ¿Aprovechar cada ocasión que se presenta para hacerlo? Si descubro algun otro ingrediente seguro te lo comparto- jaja. Saludos!

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