LLUEVE

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No es fácil fotografiar la lluvia.

Entre otras razones, porque el instinto tiende a retirarnos de ella.  Si ante la tormenta nos encerramos físicamente cerrando puertas y ventanas, la lluvia suave y constante de varios días nos lleva a un repliegue emocional.  Quizá primero uno busca distraerse con una película o un buen libro.  Pero de continuar los cielos grises y el goteo constante día tras día, como ha sido esta semana, sucede algo curioso.

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Algunos nos aburrimos. Comenzamos a frustrarnos con ese cielo soso y tenebroso y a quejarnos de la humedad- olvidando quizá que estas aguas son las mismas que permiten no solo nuestra existencia, sino la de la Vida misma.  A otros nos da sueño y aprovechamos  para perfeccionar el arte de la siesta con singular entrega.  Y otros más somos llevados a la introspección. Y es que todo lo demás baja de volumen cuando llueve. Incluso el teléfono ha dejado de sonar.

Viendo las noticias de las tormentas que azotan las costas tanto del Golfo como del Pacífico, recuerdo mi primer huracán, el que me dejó sin casa. Pienso en los miles, quizá millones, de damnificados sufriendo por inundaciones, deslaves y otras miserias. Y en los rescatistas que llegan de todas partes a ayudar, en los momentos mágicos de cooperación y convivencia que compartimos únicamente durante un desastre.

Observando las gotas caer sobre la ventana, recuerdo un viaje con mis padres.  Y contemplo lo que compartimos no por necesidad, sino por gusto, por amor.

Me despiertan esas misma gotas, más fuertes, a media noche, y recuerdo esa tormenta hace 20 años, atravesando descalzo la universidad con la novia de otro, agarrados de la mano – corriendo empapados y fríos, muertos de risa y más vivos que nunca.

Recuerdo aquel día que el mar estaba tan tranquilo cuando salí a nadar; y como estando a media bahía sentí de repente el viento como un golpe en la cabeza, y las gotas furiosas como agujas en la espalda. Como de la nada surgieron olas que intentaron estamparme sobre el arrecife. Y como cuando por fin llegué a la orilla, la tormenta había pasado y reinaba la calma otra vez.

Veo ballenas que nadie mas vio.  Resbalo en el lodo. Saco una silla al patio y me siento bajo la lluvia. Escalones parecen cataratas.¡Que rico el chocolate mientras esperamos! La pared de agua nos obliga a orillarnos y se inunda el auto. Huele a perro mojado. Salto de charco en charco. Escucho el rugir de un arroyo crecido. Aprovecho que ha cesado el aguacero para huir corriendo entre calles abandonadas, oscuras y empapadas, sin voltear atrás.  Gotas sobre una flor. Se cancela la función. El cielo nos pesa, se torna eléctrico, destella en morado. Me refugio en un almacén abandonado con tres personas que jamás he visto antes y jamás volveré a ver. Me despierta un relámpago en un lugar obscuro y extraño.  Documentos mojados, tinta que escurre.

Me pregunto que hubiera pasado si si las lluvias no hubieran cambiado los planes: si hubiera llegado a tiempo esa vez, si no hubiera cancelado aquella excursión…

Recuerdo calores que evaporan la lluvia antes de que llegue a tierra. Y lluvias heladas que cubren todo de hielo.  Contrasto la lluvia del bosque, con la de la ciudad, y con la del desierto; el chubasco con el mojapendejos; las tormentas de mi niñez con las más recientes; las lluvias que me agarraron solo y las que compartí.

Y doy gracias por haberlas vivido todas.

David Nuñez es biólogo, fotógrafo y autor de un par de libros sobre la fauna del Caribe Mexicano, así como miembro fundador de Mexiconservación.

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