Naturaleza Urbana

OLYMPUS DIGITAL CAMERAHay una parvada de pericos que vuela sobre la casa de mis padres en Guadalajara dos veces al día: al amanecer y al atardecer.  El año pasado en varias ocasiones subí a la azotea con intención de verles mejor, pero cada que lo hacía los pericos rodeaban la casa, dando una amplia vuelta alrededor.  Supongo que me detectaban desde lejos y decidían cambiar su ruta.  Tras varios intentos con el mismo resultado, desistí.

Varios meses después, caminando por la calle temprano por la mañana me topé con esta parvada perchada sobre un árbol a escasas cuadras de la casa.  Como no traía la cámara, me tuve que contentar con observarlos 10 o 15 minutos antes de seguir mi camino.  Me propuse regresar al mismo árbol, a la misma hora, hasta dar con ellos de nuevo.

Fue en vano. Durante varios días no solo no los vi, sino que parecían evitarme de manera intencional. Cuando antes pasaban a las siete, ahora pasaban a las ocho. Yo esperaba y esperaba hasta darme por vencido y regresar con las manos vacías a casa. Y justo al entrar, pasaban volando.  Cuando me adapte a su nuevo horario, los pericos decidieron pasar no a las 8, ni a las 7, sino a las seis y media, despertándome. Parecía que se burlaban de uno.

Y así estuve esta mañana deambulando por las calles, sin ver ni escuchar perico alguno durante casi una hora. Y justo cuando estaba por rendirme y regresar a casa, pasó un solitario perico volando bajo.  Pronto desapareció de mi vista, y ridículamente decidí seguirle a pie.  Siguiendo su dirección general, di vuelta en la esquina y luego en otra, sintiéndome un tanto absurdo.

Y entonces lo escuché.  No era el escandaloso cacarear de la parvada, sino un grito corto y solitario.   Pero estaba cerca.  Crucé una calle mas y volví a escucharlo.   Sabía que me encontraba justo debajo del perico pero no lograba verle.  Mis ojos recorrieron las ramas de los árboles sistemáticamente- esta no, esta tampoco…  Hasta que por fin dieron con el  resplandeciente y verde animal, iluminado de frente por el sol entre las púrpuras flores de jacaranda, formando un cuadro precioso.

Sigilosamente preparé la cámara y justo al enfocarla, !voló!

Sentía que se me escapaba de las manos un instante que tanto había buscado. Sentí como surgían la frustración y desesperación.  En un instante reconocí a la pareja de sentimientos inútiles y le negué expresión. ¡Cállense que no ayudan!, pensé al seguir con la vista al perico que esta vez no voló tan lejos.  Lo vi entrar en una palmera y lentamente me acerqué para descubrir que había no uno, !sino dos!  Y aparentemente tenían su nido en la falda de hojas secas entre el tronco y las frondas verdes, pues uno desapareció en hueco mientras el otro me vigilaba.

Volví a sacar la cámara y ahora si se dejaron fotografiar. Primero una, luego la otra, ambas. Se turnaron posando, perfectamente iluminadas por el amanecer.  Cuando se hartaron de mí, ambas entraron al nido.  Les di las gracias y regresé a casa con una sonrisa de payaso, como si me hubiera ganado la lotería.

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